La lluvia no lava esta ciudad. La embarra.
Sobre Calzada de Tlalpan, el agua se mezcla con tierra de obras que nunca terminan. Obreros que trabajan a marchas forzadas. Una justa mundialista que ya comenzó. Yo me detengo un segundo y repito la palabra: justa. Qué maldito chiste. Es tan injusta como la bofetada que le acaban de dar a esta gente. La misma que mueve el país. La misma que abarrotaba los estadios. A la que le arrebataron uno de sus pocos placeres. El deporte se privatizó. La selección ya no es nuestra. Nadie nos avisó.
Camino entre charcos. Lodo. Olor a diésel y derrota.
Llego a «El Golpe». Una taquería con nombre de advertencia. La tele está apagada. La gente no aplaude. Don Chava, el dueño, tiene la mirada perdida. Le cayeron con 29 millones de multa. Por poner el partido. Sólo por querer vender unos buenos tacos de pastor y un poco de esperanza.
En el estadio —no, ya no lo es más; en eso que ahora llaman estadio— pusieron un cerco de kilómetro y medio. No pasas si no traes boleto. No importa si es tu colonia o tu propia casa. La autoridad te pide pase como si fueras a profanar algo. ¿La colonia? Tuya. ¿El país? También. Pero hoy todo es territorio FIFA.
Y la fachada del coloso… qué desfachatez. La renovaron, dicen. Pero perdió su cara. Perdió su alma. El pueblo lo sigue llamando Azteca. El Coloso de Santa Úrsula. Pero el olor que sale de ahí ya no es a césped y gloria. Huele a corrupción.
¿Lo peor? Una federación internacional sin fines de lucro que solo sabe lucrar. Un pueblo que no se siente protegido. Un país noble que les prestó su suelo, y aún así no pagan un solo impuesto. Un presunto acuerdo de 2018 les perdonó la factura. La FIFA pone las reglas, cierra calles, cobra lo que quiere, y se va. Nos deja el recibo vacío y la sombra robada.
Esto ya no es mundial. Hoy Masiosare ya no es un extraño enemigo. Ha profanado con sus plantas este suelo. Y nosotros, testigos de pie, viendo cómo nos roban hasta el grito.